Entrevista a Andrés Vartabedian, miembro de la
Comunidad Armenia UruguayaAndrés Vartabedian ha cursado la Licenciatura
en Ciencias Históricas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
de la UdelaR. Es docente de Historia Armenia en el Colegio Nubarian de la Unión
General Armenia de Beneficencia y es docente de Inglés en educación secundaria.
Ha realizado cursos sobre genocidio y educación en el Instituto Zoryan
(Toronto-Canadá) y en el Museo Recordatorio del Holocausto YadVashem, en
Jerusalem. Es crítico cinematográfico y miembro del equipo de redacción de la
revista digital vadenuevo. En el año 2013 fue coorganizador y corresponsable de
contenidos de la exposición Aní: Sublime sombra del tiempo, llevada a cabo en
el Museo de las Migraciones de Montevideo. En este 2015 es coordinador de
contenidos del sitio oficial de la Comisión de Conmemoración del Centenario del
Genocidio Armenio aquí en Uruguay: www.genocidioarmenio100.org.uy
Esta entrevista fue publicada también en
«Semanario Hebreo».
Andrés, tú participaste en el 2008 en un curso
en YadVashem. Tuve el gusto en aquel momento de recibirte en casa a ti y a
otros compatriotas que también estaban en ese grupo, Matías Dodel, judío;
Leticia Rodríguez, afrodescendiente, y creo que estaba también María Inés Leite,
en ese momento directora de la escuela Estado de Israel. Creo que este dato es
más que relevante cuando nos disponemos a hablar del centenario del genocidio
armenio… y a analizar los puntos en común con la Shoa.
Es cierto. Matías, Leticia y yo participábamos
de un proyecto intercomunitario que reunía a los tres colectivos de los que
formamos parte y, a partir de él, fue que se dio nuestra participación en
YadVashem, donde tuvimos la oportunidad de presentar lo que veníamos haciendo
en la Conferencia Internacional de ese año, además de asistir luego a uno de
los seminarios de la institución. A María Inés la conocimos allí y conocimos su
trabajo en la escuela Estado de Israel.
¿Cómo fue para ti la experiencia, como
armenio, nieto de sobrevivientes del genocidio, estar en ese impactante museo
dedicado al holocausto del pueblo judío?
Fue una experiencia impactante y removedora.
Las dimensiones del museo ni que hablar, pero fundamentalmente el diseño del
mismo, su concepción, la capacidad de transmitir esa vivencia atroz del pueblo
judío tanto en lo literal como en lo simbólico; la tecnología y el arte
aplicados a la transmisión de memoria, en un registro que ni siquiera
sospechaba, me marcaron fuertemente y me hicieron reflexionar mucho sobre la
propia realidad de los armenios en tal sentido. Indudablemente que, como
descendiente de armenios y consecuencia directa de aquel genocidio, no podía
dejar de establecer conexiones y analizar qué elementos podrían trasladarse a
mi realidad para continuar ese proceso de recepción y transmisión
intergeneracional que implica la memoria colectiva y del que, como docente, soy
parte.
Yo me imagino que en más de una oportunidad,
sentado en clase, habrás pensado en lo vivido por los armenios, tus
antepasados… Estimo que no podrías desconectarte de eso ¿verdad?
Claro, constantemente. En mi mente se sucedían
las imágenes que vinculaban los relatos que yo había recibido -tanto familiares
como académicos- y los que estaba escuchando, tanto por parte de los profesores
como de los sobrevivientes. Recuerdo un momento en el que la imagen de mi
abuela se instaló fuertemente en mi mente durante el desarrollo de una clase y
me movilizó y sensibilizó como pocas veces antes en mi vida. A partir de las
experiencias de ambos horrores, poder llegar a comprender el significado de
algunas de esas vivencias mucho más hondamente, me resultó muy aleccionador.
¿Hay paralelismos que trazar?
Sin dudas. Habría muchos. Incluso desde
ciertos elementos inspiradores tanto del régimen nazi como de los jóvenes
turcos que se remontarían a la época de GenghisKhan. El mayor investigador
sobre el Genocidio Armenio, llamado VahaknDadrian, ha trabajado también en las
conexiones entre ambos genocidios y recomiendo su lectura. Pero podríamos
hablar de similitudes en la radicalización de la ideología del futuro
perpetrador, en ciertos preceptos de la misma, en cómo fue llevado adelante por
un partido político dominante que llega al poder y utiliza todo el aparato
estatal para poner en marcha lo atroz; incluso, cómo un ala radical de esos
partidos toma el control en determinado momento y es la que termina de resolver
la ejecución del plan. Y habría más.
Sin embargo, me interesaría destacar cierta
estructura genocida que se reproduce no sólo en los casos judío y armenio, sino
también en otros genocidios del siglo XX: el hecho de ser lo que se suele
denominar «genocidios domésticos», en el que el Estado es el
encargado de atacar a sus propios ciudadanos; el aprovechamiento de conflictos
bélicos -guerras, revoluciones- que generan legalidades de excepción, donde
ciertas medidas se pueden camuflar como necesidades militares, en los que la
comunidad internacional puede estar «distraída» en otros asuntos y en
los que el nivel de violencia es tal que la muerte se asume casi como trivial y
la conciencia actúa en menor medida; el móvil lo precisa la ideología,
transformando -desde el discurso- a la víctima en amenaza; la tecnología, los
medios de comunicación y la burocracia -siempre de acuerdo a las épocas-
puestas al servicio de la muerte, para facilitarla. Todo el aparato estatal
echado a andar tras su solución final.
¿Y diferencias claves? Y no me refiero, claro,
a los números, un millón y medio de armenios o seis millones de judíos…
Claro, porque en definitiva el número no es un
elemento clave. El caso de Srebrenica, en la ex Yugoslavia, es sintomático al
respecto: allí la tipificación de genocidio surge del asesinato de alrededor de
8.000 hombres musulmanes de la localidad. La reproducción de ese grupo como tal
había sido condenada a partir de la eliminación de todos sus varones. La
intención de terminar al grupo como tal era indudable, la interdicción de los
nacimientos era un hecho.
Pero yendo a tu pregunta: indudablemente,
todos los casos de genocidio tienen sus singularidades, como todos los hechos
históricos. ¿A qué apunto con esto? A que no por ello debemos evitar la
posibilidad de la búsqueda de elementos comunes. Ello nos ayuda a entender más.
Comparar no conlleva a minimizar el horror y el dolor sufridos. Tal vez aporte
datos que nos pongan en guardia ante procesos que comiencen a desarrollarse de
forma similar y nos permita generar alertas preventivas de potenciales acciones
genocidas. Todo esto, dado la corriente que plantea la unicidad de la Shoá, con
la que no puedo estar de acuerdo.
Quizá el mayor elemento diferenciador que
encuentro entre los casos armenio y judío es esa espeluznante intención nazi de
eliminar a todo judío sobre la faz de la Tierra, estuvieran donde estuvieran.
Cuando supe de los planes que rastreaban la existencia de judíos hasta en
América del Sur y que se proponían ir por ellos en un etapa posterior de la
Solución Final, el escalofrío se incrementó (si es que esto es posible ante
tanta atrocidad). En el caso armenio, si bien hubo un intento posterior a la
finalización de la Gran Guerra de atacar la República de Armenia -y de hecho la
campaña se inició- por parte de las fuerzas nacionalistas de Mustafá Kemal,
desde mi punto de vista, la intención genocida propiamente dicha se concentró
en el Imperio otomano. De todos modos, debo admitir que hay quienes pueden
discutir esta afirmación.
Como armenio en un curso en YadVashem, en
Jerusalem ¿planteaste alguna vez la pregunta por qué Israel no reconoce el
genocidio armenio?
No directamente. Tampoco hubo necesidad.
Muchos israelíes, al saber mi origen, se acercaron a conocer mi parecer al
respecto y a intentar explicar tal situación -incluso dentro de YadVashem- o,
yendo más lejos aun, me pidieron disculpas por ello. En Uruguay me sucede habitualmente
lo mismo. Y sé perfectamente que pueblo judío, pueblo israelí y Estado de
Israel no son lo mismo.
¿Tú puedes entender la situación de Israel en
ese sentido? ¿O hay cosas que no se deben entender?
En todo este tiempo vinculado a estas
temáticas, he aprendido a dejar ciertas concepciones «románticas» de
lado. Sin embargo, si bien hay cuestiones que pueden ser abordadas desde la
racionalidad y desde cierta lógica instrumental de las relaciones
internacionales entre los Estados, es difícil justificar determinadas posturas.
Tal vez sí entenderlas en algún sentido. Pero cuando algunas posiciones
provienen de Estados tan estrechamente vinculados a estos horrores, es más duro
de asumir aun. En estos temas, la relación costo-beneficio y los intereses geopolíticos,
geoestratégicos, han primado sobre las posiciones humanistas que nos resultan
las ideales a primera vista. El solo discurso sobre Derechos Humanos, la sola
existencia de jurisprudencia en la materia, la propia existencia de organismos
internacionales que propenderían hacia la paz, no han sido suficientes. En este
caso -y hablo no sólo del Estado de Israel- y en otros tantos que afligen a la
humanidad a diario.
Destacas en tu artículo que creciste sin una
palabra de rencor… criado con amor… y yo me pregunto si te parece que eso
quiere decir que tus abuelos lograron sobreponerse al dolor. Me suena como
imposible ¿no?
Lo que creo que pudieron hacer fue lidiar con
ese dolor, transformarlo en acción, fecundar, sembrar vida y alimentarla con lo
único necesario: el amor. Tal vez hoy lo llamaríamos resiliencia. Ellos no
conocieron esa palabra, y hasta les hubiera resultado difícil de
pronunciarla… y lo digo con una sonrisa. Digamos que ellos fueron resilientes
sin conciencia de lo que ese concepto significaba.
El dolor… vaya si lo hubo. Como decía en el
artículo que apareció la semana anterior, en el caso de mi abuela se exorcizaba
quizá en la reiteración de los «cuentos» sobre lo atroz vivido por
ella y su familia, en la enumeración de sus muertos y desaparecidos. En el de
mi abuelo, lo que prevaleció fue el silencio. Mi abuelo no contaba. Y ahora,
trato de entenderlo. Muchas veces el silencio es el «refugio de lo
intolerable», como dice Marcelo Viñar. Algo más contó sobre el orfanato
que lo cobijó, pero poco también. El trabajo y la familia los ocuparon: la
peluquería luego de casarse, el almacén posteriormente -los catorce robos de
los que hablaban-, su quinta, sus tres hijos, sus seis nietos, el orgullo por
nuestros pequeños logros… Así vivieron. Sin discursos ni teoría. Pero
dolor… ¡vaya si lo hubo!
Cuando miras lo que pasa alrededor, el estado
del mundo hoy… ¿te preguntas por qué no se ha aprendido la lección?
Uno puede intentar explicar circunstancias
históricas, componentes ideológicos, intereses económicos, etc., pero no
alcanza. Hay una dimensión de este horror que me resulta inexplicable, fuera de
mis parámetros de racionalidad. Hay un componente de humanidad en todo esto que
es muy doloroso. Somos nosotros los que lo hicimos.
Te referís a que no fue una catástrofe
natural, sino provocada por el hombre…
Claro. Y por eso hay allí algo de lo que somos
que hace que, en determinados momentos, podamos tomar decisiones como estas
para resolver ciertos conflictos que se nos plantean. Es desgarrador pensar en
eso: que hemos sido capaces de tanto sufrimiento. Y de reiterarlo. Y de
reiterarlo. Y de reiterarlo. Pero la vida siempre puede más. De eso tampoco
tengo dudas.
Se suele hablar mucho de la memoria del pueblo
judío. Aún con la tragedia nacional y familiar, en tu caso, ¿hay algo que
aprendiste de los judíos al respecto? ¿Y hay algo que te parece que puedes
enseñar sobre la vivencia armenia al recodar?
No sé si hablar de enseñar, pero sí creo que
hay cosas que podemos compartir: que la memoria es algo por lo que hay que
trabajar cotidianamente; que, si bien es necesario estar atento a los
«abusos de memoria» como refiere Todorov, es indispensable no
descuidarla. Somos eslabones de esa cadena de recepción y transmisión y cada
uno de nosotros cuenta en ella. Mucho de nuestra identidad moderna se ha
forjado a partir de los genocidios padecidos y ello nos ha llevado a ser más
conscientes de la cultura que portamos y de su significación. Creo que en ese
sentido debemos continuar la apuesta. Sin renunciar jamás al recuerdo, pero
celebrando la vida… que pudo más que la muerte. Multiplicar sigue siendo la
tarea.
No me olvides
28/Abr/2015
Montevideo Portal